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Biografias de Cristianos pioneros de la ReformaReligiosa.Lutero,Calvino,Wycliffe,JuanHuss,CharlesSpurgeon y otros
"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la palabra. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 4:3-4)

Adoniram Judson



1788-1850
 El Padre de los Misioneros Bautistas.Así llaman muchos a Adoniram Judson. Quien además fue lingüista y traductor de la Biblia. Nacido en Massachussets en 1778 en el seno de una familia cristiana. En 1834 concluyó una traducción completa de la Biblia en idioma birmano. Durante la guerra anglo birmana, permaneció veintiún meses en prisión. En 1845 regresó a Estados Unidos, mas en 1847 se embarcó nuevamente hacia Birmania donde trabajaría durante los últimos años de su vida en la realización de un diccionario inglés birmano. Falleció el 12 de abril de 1850 y su cuerpo fue entregado al mar.

Adoniram Judson nació en un hogar cristiano, en el seno de una familia congregacional. Su padre era pastor congregacional con férreas convicciones. Fue un niño precoz. A la edad de tres años dominaba la lectura como para leer fluidamente la Biblia. A los diez años, ya sabía griego y latín. Su padre lo mandó a los mejores colegios de Nueva Inglaterra, y finalmente a la Universidad de Brown, de donde egresó como el mejor alumno de su promoción. Allí se fue convirtiendo en un ateo absoluto, circunstancia que ocultó a su familia hasta que tuvo cerca de veinte años. En ése momento decidió viajar a Nueva York para estudiar teatro.
Allí trabó amistades con vagabundos, jugadores y todo tipo de personas de baja calaña. Su distaba mucho del sueño neoyorquino, y pudo ver como sus expectativas se diluían rápidamente. Una noche, se dirigió a Sheffield y se hospedó en la posada de un pueblito donde nunca había estado antes. La única habitación disponible estaba al lado de la de un joven que estaba muy enfermo, a punto de morir. Esa noche Adoniram no pudo dormir, escuchando los lamentos y quejas del enfermo. A la mañana siguiente, al preguntar por la salud del joven, le informaron que había muerto al amanecer. Su nombre era Jacob Eames. El corazón de Adoniram dio un vuelco. La primera cosa que se le vino a la mente fue: «Él no creía en Dios; él no era salvo; él está en el infierno». Sin darse cuenta cómo, se encontró viajando de regreso a su casa. Desde entonces todas sus dudas acerca de Dios y de la Biblia se desvanecieron. No pasó mucho tiempo después que él mismo se volvió a Dios, dedicándole su vida entera.

Por esa época eran conocidos y muy respetados los misioneros en los países de tierras lejanas. Sus libros eran un tesoro preciado para cristianos e investigadores. Este fue el primer contacto con lo que sería una voz cada vez más fuerte al llamado ministerial. Adoniram contaría que en un día de febrero de 1810, las palabras “ Id por todo el mundo y predicad el Evangelio” se transformarían en un mensaje tan claro y fuerte como una voz audible. Ese mismo día consagró su vida respondiendo al llamado al oriente. Más lo primero que pensó fue en el Medio Oriente, en Palestina, para trabajar con los judíos.

Finalmente el camino lo llevaría a Birmania. Aún en su tierra natal, y dedicando su vida al ministerio, la llama de su amor por la vocación a la que había sido llamado, lo mantenía expectante ante la oportunidad para viajar.

A Judson se le ofreció en ese mismo tiempo un puesto en el cuerpo docente de la Universidad de Brown, invitación que él rechazó. Luego, sus padres le instaron a que aceptase hacerse pastor asociado con el Dr. Griffin en la iglesia de la calle Park, que era en ese entonces «la iglesia más grande de Boston». Pero él también lo rechazó. Y cuando su madre y hermana, con muchas lágrimas, le recordaban los peligros de una tierra pagana, contrastándolos con las comodidades del campo doméstico, volvió a verificarse la antigua escena del libro de los Hechos. «¿Qué hacéis llorando y afligiéndome el corazón?, porque yo no sólo estoy presto a ser atado; más aún: a morir en la India por el nombre del Señor Jesús». «Ataría a mi hija a una casilla postal antes que dejar que se case con ese misionero », decía toda la ciudad acerca de Adoniram cuando él estaba buscando una esposa. Nunca antes una mujer norteamericana había ido a la India como misionera.

Adoniram puso sus ojos en una joven llamada Ann Hasseltine, hija de un diácono. Ann había tenido su primera experiencia con Cristo a la edad de dieciséis años tuvo. Cierto domingo, mientras se preparaba para el culto, quedó profundamente impresionada por estas palabras: «Pero la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta». Su vida fue repentinamente transformada. Desde entonces, todo el ardor que había demostrado en la vida mundana, ahora lo sentía en la obra de Cristo. Por algunos años antes de aceptar el llamado para ser misionera, trabajó como profesora y se esforzaba por ganar a sus alumnos para Cristo. Seis meses antes de salir para India, Judson escribió una carta al padre de ella, pidiéndole su hija.

En parte de la carta decía: «Deseo preguntarle si usted puede consentirme partir con su hija la próxima primavera, para no verla nunca más en este mundo; si usted aprueba su ida y su sometimiento a las penalidades y sufrimientos de la vida misionera; si usted puede consentir en su exposición a los peligros del océano, a la influencia fatal del clima del sur de India; a todo tipo de necesidad y dolor; a la degradación, a los insultos, a la persecución, y quizás a una muerte violenta. ¿Puede consentir usted en todo esto, por causa de Aquel que abandonó su morada celestial, y murió por ella y por usted; por causa de las perdidas almas inmortales; por causa de Sion, y la gloria de Dios? ¿Puede usted consentir en todo esto, en la esperanza de encontrarse pronto a su hija en la gloria, con la corona de justicia, gozosa con las aclamaciones de alabanza que tributarán a su Salvador los paganos salvados –por su intermedio– del infortunio y la eterna desesperación?».
Increíblemente, el padre dijo que ella debía decidir por sí misma. Ella escribió a su amiga Lydia Kimball: «Me siento deseosa y expectante, si nada en la Providencia lo impide, pasar mis días en este mundo en las tierras de los paganos. Sí, Lydia, tengo la determinación de dejar todas mis comodidades y goces aquí, sacrificar mi afecto a los parientes y amigos, e ir donde Dios, en su Providencia, tenga un lugar para establecerme». Adoniram y Ann se casaron.

Se embarcaron con rumbo a la India en 1812. Su travesía duró cuatro meses. Llegaron a Calcuta en el verano de 1812, llenos de entusiasmo, para predicar el evangelio. Pero recibieron órdenes perentorias del gobierno británico de que dejaran el país inmediatamente y volvieran a América.

Triste de corazón, la pequeña compañía volvió a la Isla de Francia, admirada de que le fuese tan violentamente cerrada la puerta que le había parecido tan grande y eficaz. Pero con una determinación invencible, volvieron a la India, llegando a Madras en junio del año siguiente. De nuevo fracasó su propósito y de nuevo les fue ordenado que se fuesen del país. Ellos decidieron irse a Rangún, Birmania (hoy Myanmar).

William Carey, el gran misionero que por ese tiempo vivía en la India, les advirtió que no fuesen allí, pues era un país cerrado, con un despotismo anárquico, rebelión constante e intolerancia religiosa. Además, estaba el triste récord de que todos los misioneros anteriores habían muerto. Sin embargo, nada de eso hizo cambiar de opinión a Adoniram Judson.

Mientras Adoniram y Ann finalmente se establecían en su hogar en el campo misionero de Birmania, ellos se dieron cuenta que debían de aprender el idioma. En todo lugar en el cual estuvieran, en mercados, en la calle, ellos podían escuchar una lengua extraña. Con sólo escuchar uno podía desanimarse, pero los Judson determinaron que iban a aprender el idioma. Su misión era ganarles a ellos para Cristo – ¿cómo podrían hacerlo si ellos no podrían ni siquiera llevarles el mensaje de salvación? No había diccionarios, ni libros que pudiesen ayudar. Adoniram se propuso entonces aprender el idioma y la única forma que conoció era balbuceando y señalando, como cuando un niño recién empieza a hablar. Adoniram encontró a un hombre a quien le pagaba para que les enseñase el idioma – es decir, sentarse y hablar con ellos todo el día. Finalmente decidieron preparar su propio diccionario y gramática.

Mientras el país comenzaba a alborotarse a causa del gobierno, los Judson comenzaron a temer por sus vidas y su misión, la cual estaba empezando a crecer. Inglaterra le había declarado la guerra a Birmania. Un día, mientras Judson trabajaba en la traducción de la Biblia al birmano, dos policías llegaron a la casa. Ellos habían visto a Adoniram entrar a un banco británico por la mañana y asumieron que él era un espía inglés. Mientras el abría la puerta, uno de los hombres dijo: «Moung Judson, usted es llamado por el Rey». Esto significaba sólo una cosa – Arresto.

A Judson lo llevaron a la cárcel, mientras que Ann fue puesta bajo custodia militar estricta. La cárcel era imposible de describir. El hacinamiento, la sociedad y la convivencia con lo peor del estado humano, hacían de ese lugar algo terrible. Judson había sido siempre un amante de la limpieza, y eso hacía que sus sufrimientos fueran aún peores. Para estar seguros de que los presos no se escaparían, los ataron con tres cadenas en cada pié y unos meses después agregaron otros dos pares. Este era solo uno de las formas varias de crueldad a la que eran sometidos. Era claro que no solo era encarcelamiento sino la peor de las torturas.

Mientras tanto, la señora Judson hacía todo lo que podía por ayudar a su esposo. Por intermedio del gobernador, consiguió que se le permitiese visitarlo, cosa que hizo siempre que pudo. Además la autorizó para llevarle comida y almohadas. Esto de las almohadas pasó a ser trascendental en el anecdotario de Judson. El misionero había traducido al birmano, con mucho trabajo, todo el Nuevo Testamento y, cuando fue apresado, su esposa enterró el manuscrito en el fondo de su casa.Pero llegó el otoño y en Birmania (Myanmar) llueve mucho en es época, de modo que era imposible dejarlo enterrado porque se iba a echar a perder. Entonces Judson y su esposa tuvieron una idea.

Ella hizo una almohada grande y gruesa, metió adentro el Nuevo Testamento y se lo llevó a su esposo a la cárcel, que era el último lugar donde irían a buscarlo. Poco después, la señora tuvo una de niña a la que nombró María. Debido a que tenía que cuidar a la pequeña, durante unos días Ann no visitó a su esposo. Entonces los carceleros aprovecharon para molestarlo nuevamente. Entre otras cosas, le robaron su almohada, que era lo que más él quería, porque adentro estaba el Nuevo Testamento. Cuando Ann se enteró, hizo otra mucho más linda y más atractiva, y le ofreció al carcelero de cambiársela, cosa que éste aceptó con agrado.

Ann siguió visitando al gobernador para pedir por la libertad de su esposo. El gobernador “se lavaba las manos” diciendo que no podía hacer nada. Lo único que permitió fue que levaran a Judson al patio de la prisión y lo pusieran allí, en una jaula. Era una jaula para animales, tan baja que no se podía poner de pié, pero, así y todo, era mejor que la celda llena de suciedad, inmundicias y peores “compañeros”. Además, se le permitía a Ann permanecer mucho más tiempo que el concedido a las visitas regulares a los alojados en las celdas.

Un día, estando Adoniram muy enfermo, su esposa fue a visitarlo. Pero el gobernador mandó llamarla de inmediata con la excusa de que viese un reloj que él no lograba hacer funcionar. La señora Judson no sabía que esa era la forma en la que, en un gesto de piedad, el gobernador quería evitarle el dolor de ver como trasladaban a sus esposo.

Al mediodía, con una temperatura que hacía hervir la arena, hicieron marchar a Judson. Él estaba con fiebre, descalzo, y sus sufrimientos eran tan grandes que casi no podía caminar; y para peor, sus piernas se habían endurecido y sus músculos atrofiados por la falta de ejercicio durante su encarcelamiento. Así hicieron más de doce kilómetros.

Judson se encontraba tan debilitado que otros detenidos lo ayudaron a continuar. Otro de los presos murió en el camino. Como estaban tan cansados, el oficial a cargo, que los llevaba, comprendió que había peligro de que murieran todos antes de llegar y, para evitarlo, los dejó dormir durante la noche y hasta les dio algo de agua y comida. Esto les permitió soportar lo que aún faltaba hasta llegar a la otra cárcel que se llamaba Cungpenla.

Dios protegió el manuscrito de la Biblia. Un discípulo de Judson que quería tener un recuerdo de su maestro, se llevó la almohada, sin saber que tenía adentro. Esto permitió que mucho tiempo después pudieran recuperarlo. Allí el rigor del encarcelamiento fue aún peor. Así y todo, su esposa, que para entonces había tenido ya tres hijitos, siguió visitándolo. El avance inglés sobre Birmania consistía un serio peligro para los detenidos. Judson era norteamericano, aún así los birmanos lo consideraban como si fuera un espía inglés. Pero para sorpresa de Judson, cierto día fue convocado para servir de traductor e intermediario entre los birmanos e ingleses.

Tan pronto como estuvo fuera, corrió a su casa, ya que su esposa no lo visitaba desde hacía un tiempo. La encontró gravemente enferma. Pronto moriría. En principio solo le dieron la libertad a medias, ya que solo podía ir a donde lo mandaran. Finalmente se firmó la paz y Judson pudo dedicarse plenamente a predicar el Evangelio y a trabajar sobre la traducción de la Biblia.

Seis años después de su arribo a Birmania, bautizaron a su primer convertido, Hamhung Nau. La siembra fue larga y dura. La siega aún más, durante años. Pero en 1831 había un nuevo espíritu en la tierra. Judson escribió: «La búsqueda de Dios se está extendiendo por todas partes, a lo largo y ancho del territorio. Hemos distribuido casi 10.000 tratados, dándolos sólo a aquellos que preguntan. Muchos han venido a pedir consejo. Algunos han viajado dos o tres meses, de las fronteras de Siam y China, para decirnos: ‘Señor, hemos oído que hay un infierno eterno, y tenemos miedo de él. Dénos un escrito que nos diga cómo escapar de él’. Otros, de las fronteras de Kathay: ‘Señor, nosotros hemos visto un tratado que habla sobre un Dios eterno. ¿Es quien regala tales escritos? En ese caso, le rogamos nos dé uno, porque queremos saber la verdad antes de que muramos’. Otros, del interior del país, donde el nombre de Jesucristo es un poco conocido: ‘¿Es usted el hombre de Jesucristo? Dénos un escrito que nos hable sobre Jesucristo’».

Durante los seis largos años que siguieron a la muerte de Ann, trabajó solo, hasta que finalmente se casó con Sarah Hall Boardman, la viuda de otro misionero. La nueva esposa, que gozaba los frutos de los incesantes esfuerzos que había realizado en Birmania, se mostró tan solícita y cariñosa como Ann. Judson perseveró durante veinte años para completar la mayor contribución que se podía hacer a Birmania: la traducción de la Biblia entera a la propia lengua del pueblo. En poco tiempo, esa Biblia fue distribuida en toda Birmania. Hoy, muchos años después, todavía se usa esa misma traducción. Y los birmanos la llaman con mucha propiedad la «Biblia Almohada».

Después de trabajar con tesón en el campo extranjero durante treinta y dos años, y para salvar la vida de Sarah, se embarcó con ella y tres de los hijos de regreso a América, su tierra natal. No obstante, en vez de mejorar de la enfermedad que sufría, ella murió durante el viaje. Fue sepultada en Santa Helena. Así llegó Judson a su tierra: solo y enlutado. Quien durante tantos años había estado ausente de su tierra, se sentía ahora desconcertado por el recibimiento que le daban en las ciudades de su país. Se sorprendió al comprobar que todas las casas se abrían para recibirlo. Grandes multitudes venían para oírlo predicar. Sin embargo, después de haber pasado treinta y dos años en Birmania, se sentía como extranjero en su propia tierra, y no quería levantarse para hablar en público en su lengua materna. Además, sufría de los pulmones y era necesario que otro repitiese al auditorio lo que él apenas podía decir balbuceando.

Judson sólo tenía una pasión: volver y dar su vida por Birmania. Su estancia en los Estados Unidos fue breve. Duró el tiempo suficiente para dejar a sus hijos establecidos y encontrar un barco de retorno. Todo lo que quedaba de la vida que él había conocido en Nueva Inglaterra era su hermana. Ella había mantenido su cuarto exactamente como había sido 33 años antes y haría lo mismo hasta el día en que ella murió. Para asombro de todos, Judson se enamoró por tercera vez, esta vez de Emily Chubbuck, con quien se casó el 2 de junio de 1846. Ella tenía 29 años; él 57. Ella era una escritora famosa y había dejado su fama y su carrera para ir con Judson a Birmania. Llegaron en noviembre de 1846. Y Dios les dio cuatro de los años más felices que cada uno de ellos había conocido. Los últimos destellos del otoño En su primer aniversario, 2 de junio de 1847, ella escribió: «Ha sido lejos el año más feliz de mi vida; y, lo que aún es a mis ojos más importante, mi marido dice que ha sido el más feliz de su vida. Yo nunca he visto otro hombre que pudiese hablar tan bien, día tras día, sobre cualquier tema, religioso, literario, científico, político, y – sobre bebés».

Ellos tenían un hijo, pero entonces los viejos males atacaron a Adoniram por última vez. La única esperanza era enviar al enfermo en un viaje. El 3 de abril de 1850 lo llevaron al Aristide Marie que zarpaba hacia la Isla de Francia, con un amigo, Thomas Ranney, para cuidarlo. En su miseria él era despertado de vez en cuando por un dolor tan terrible que acababa vomitando. Una de sus últimas frases fue: «¡Cuán pocos hay que mueren tan duramente!».

Pasadas las 4 de la tarde del viernes 12 de abril de 1850, Adoniram Judson murió en el mar, lejos de toda su familia y de la iglesia birmana. Fue sepultado en el océano. «La tripulación se reunió en silencio. No hubo ninguna oración. El capitán dio la orden. El ataúd resbaló a través de un tablón hasta las aguas, a sólo unos cientos de millas al oeste de las montañas de Birmania. El Aristide Marie prosiguió su ruta hacia la Isla de Francia». Diez días más tarde, Emily dio a luz a su segundo hijo, que murió al nacer. Ella supo cuatro meses después que su marido estaba muerto. Volvió a Nueva Inglaterra y murió de tuberculosis tres años más tarde, a la edad de 37 años.

Adoniram Judson acostumbraba pasar mucho tiempo orando de madrugada y de noche. Él disfrutaba mucho de la comunión con Dios mientras caminaba de un lado a otro. Sus hijos, al oír sus pasos firmes y resueltos dentro del cuarto, sabían que su padre estaba elevando sus plegarias al trono de la gracia. Su consejo era: «Planifica tus asuntos, si te es posible, de manera que puedas pasar de dos a tres horas, todos los días, no solamente adorando a Dios, sino orando en secreto». Emily cuenta que, durante su última enfermedad, ella le leyó la noticia de cierto periódico, referente a la conversión de algunos judíos en Palestina, justamente donde Judson había querido ir a trabajar antes de ir a Birmania.

Esos judíos, después de leer la historia de los sufrimientos de Judson en la prisión de Ava, se sintieron inspirados a pedir también un misionero, y así fue como se inició una gran obra entre ellos. Al oír esto, los ojos de Judson se llenaron de lágrimas. Con el semblante solemne y la gloria de los cielos estampada en su rostro, tomó la mano de su esposa, y le dijo: «Querida, esto me espanta. No lo comprendo. Me refiero a la noticia que leíste. Nunca oré sinceramente por algo y que no lo recibiese, pues aunque tarde, siempre lo recibí, de alguna manera, tal vez en la forma menos esperada, pero siempre llegó a mí. Sin embargo, respecto a este asunto ¡yo tenía tan poca fe! Que Dios me perdone, y si en su gracia me quiere usar como su instrumento, que limpie toda la incredulidad de mi corazón».

Durante los últimos días de su vida habló muchas veces del amor de Cristo. Con los ojos iluminados y las lágrimas corriéndole por el rostro, exclamaba: «¡Oh, el amor de Cristo! ¡El maravilloso amor de Cristo, la bendita obra del amor de Cristo!». En cierta ocasión él dijo: «Tuve tales visiones del amor condescendiente de Cristo y de las glorias de los cielos, como pocas veces, creo, son concedidas a los hombres. ¡Oh, el amor de Cristo! Es el misterio de la inspiración de la vida y la fuente de la felicidad en los cielos. ¡Oh, el amor de Jesús! ¡No lo podemos comprender ahora, pero qué magnífica experiencia será para toda la eternidad!».

En 1850, el año de su muerte, había sesenta y tres iglesias y más de siete mil bautizados. Un biógrafo comenta respecto de Adoniram Judson: «Él tenía 24 años cuando llegó a Birmania, y trabajó allí durante 38 años hasta su muerte a los 61, con un solo viaje a casa de Nueva Inglaterra después de 33 años. El precio que él pagó fue inmenso. Él fue una semilla que cayó a tierra y murió. Él «aborreció su vida en este mundo». En sus sufrimientos, «llenó lo que estaba faltando de las aflicciones de Cristo» en la inalcanzable Birmania. Por consiguiente, su vida llevó mucho fruto y él vive para disfrutarlo hoy y siempre.